Freya.
Un nuevo año a comenzado y no me había pasado por aquí en casi tres meses.
Han pasado tantas cosas.
Han sido meses de cambios, muchas lecciones aprendidas, muchas aceptaciones. He crecido y sí, tuve y tengo miedo.
Es impresionante ver que tan fuerte y a la vez tan frágil te puedes volver en un periodo de tiempo tan relativamente corto. Cuánto puedes aprender, cuánto puedes llorar, cuánto sonreír y cuánto ocultar.
No había querido escribir, por miedo a no encontrarme a mi misma en las palabras que expresaba.
Pero creo que he alcanzado un estado que se parece en algo a la despreocupación, pues he entendido que hay cosas que están fuera de mis manos y que a pesar de todos mis deseos, no depende de mí el cambiarlas. No puedo negar que duele, pero he –de alguna manera– aprendido a ser paciente, creo.
Joder, han pasado tantas cosas que ya no sé que escribir o cómo contártelas, pues al final no logro estructurarme, hay tantas cosas que quiero comunicar que al final digo mucho y no significa nada.
Estoy echándole muchas ganas, como prometí a Tima, pero vaya que la extraño. Extraño los momentos pasados, los abrazos y las risas, extraño a Ohana y a lo que ésta significaba para mi.
Extraño septiembre.
La vida es una colección de momentos, una caja de memorias y tal vez, un librero de lecciones.
Lo malo de esto es que muchas veces no valoramos lo importante de los momentos hasta que se han convertido en memorias o se han archivado en el librero de las lecciones.
No valoramos que tan bien nos la pasamos con él o la que está sonriendo junto a nosotros, no valoramos cuánto apreciamos su amistad, su calor y sus consejos. No valoramos cuánto nos gusta ir a ver películas un sábado en la noche con alguien, o cuánto nos gusta ir al cine y quedarnos a hablar por horas con esa persona hasta que ya no lo puedes hacer.
En éstos meses muchas cosas han cambiado, vaya que sí. Pero de las más importantes se encuentran a los amigos a los que ya no les puedo hablar. Es triste, no lo negaré.
Cometí muchos errores, que tampoco negaré, cosas estúpidas y absurdas que arruinaron esa colección de momentos, malos entendidos que dañaron el corazón.
Ahora, comenzando de nuevo y resurgiendo desde las cenizas, el dolor de mi pecho se disfraza de falsa esperanza. Mi falso consuelo se abraza con mis anhelos y represiones, pues, por más que quiero sonreír y lanzarme a los brazos de mis personas amadas, su rechazo me lo impide.
¿Será entonces que el problema reside en mí? Yo, cegada por mis buenas intenciones será que no me doy cuenta de lo hipócrita que soy? ¿Será que en mi soberbia pienso que no he hecho nada malo?
Joder, sólo quisiera hablar las cosas y que todo retomara su curso, es triste ver que tan poco importabas...
Que tan poco importaba la amistad.
Siempre he creído que una buena amistad es más difícil, más importante y más hermosa que cualquier otra relación, pues al final, relaciones como el matrimonio o el noviazgo están basadas precisamente en amistad. En ese termino que encierra ternura, intimidad (no de la que comúnmente se entiende) comprensión, cariño, complicidad, preocupación y un sin fin de cosas más.
¿Mi definición de noviazgo? Una MUY buena amistad, con momentos cachondos.
Basado en eso, el cultivar, mantener y disfrutar de una buena amistad es algo que resulta –y se antoja– bastante complicado. Creer que hay alguien que se preocupa, te procura, disfruta de tu compañía y comparte tus locuras es algo que como bien dice Master Card, el dinero no puede comprar.
Creía tener eso, creía que yo al apreciarlos y al importarme tanto sería difícil que se alejarán, pues un buen amigo, un VERDADERO amigo, jamás te dejaría sola y mucho menos te despreciará y por lo tanto lastimará.
¿Es entonces utópico creer que alguien llegará a apreciarme tanto como yo los aprecio?
¿Es entonces utópico creer que hay verdadera amistad? ¿Será necesidad de mi existencia y salud mental el mantener la esperanza de que si?
Amistad.
Los extraño, a todos.
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Suspiró. Llevaba casi una hora intentando terminar la lectura pero su mente no dejaba de viajar y recriminarle su soledad. Su corazón y su cerebro habían formado una alianza letal que no la dejaría ser así fuese su anhelo más profundo.
Cerró el libro vencida. Tomó los cigarros que descansaban plácidamente en su bolsa y se dirigió al área de fumadores. Al parecer le había encontrado un discreto disfrute a la idea de matarse poco a poco con algo tan sencillo como un cigarrillo. Además, era la excusa perfecta para salir al exterior.
Sacó los audífonos enredados de su bolsillo izquierdo y los conecto al celular una vez desenredados. Reprodujo algunas de sus canciones favoritas y se sentó a disfrutar de su miseria.
Veía al cielo, admirando la luna. Agradeció en secreto por la noche y se perdió en la infinidad de ese momento.
Cerró los ojos y recordó con melancolía aquello que su corazón anhelaba. Recodó los abrazos, las risas, las sonrisas y los cafés. Recordó las discusiones y la complicidad.
Le subió a la música de su reproductor. Su corazón comenzó a latir con fuerza, un vació inundó su pecho.
Había terminado. Había terminado y era hora de lidiar con los sabores amargos de las consecuencias de sus desiciones. Era hora de aceptar y vivir su realidad. Estaba sola, una vez más.
Miró su reloj, un reloj que había estrellado en el suelo con la esperanza de que se detuviera, un reloj que simbolizaba su dolor. Las manecillas no se movían, sonrió ante la idea. Ella había logrado detener el tiempo.
Dio otra bocanada a su cigarrillo y rió ante su situación. Era patética, simplemente patética.
La canción cambió y con ella sus emociones también.
Mujeres.
El coraje se hizo presente como una daga que atravesó rápida y eficazmente. ¿Cómo era posible? ¿En qué momento había aceptado tan alegremente el ser tan patética?
Aquel que se había convertido en objeto de su ternura ahora pululaba sin ningún tipo de secuela. Aquel que había prometido y fallado, iba por la vida orgulloso y campante. Aquel que había faltado a su palabra reía sin culpabilidad alguna. No, ella no importaba y ahora estaba más segura de que nunca importó. Y aún así, ella era la que se comportaba como estúpida. Que jodido coraje le causaba.
Su orgullo, dañado y ofendido le gritaba que ya era suficiente y ella, resuelta, escuchaba todas sus razones.
Le dolía. Las heridas causadas por sus esperanzas rotas y sus ilusiones pisoteadas alimentaban el enojo de su orgullo maltrecho. Todos "te lo dije" que había tenido que soportar no eran en sí el problema si no su dolor al tener que aceptar que sí, efectivamente, "se lo dijeron" y ella había confiado, había deseado con todo su corazón, que ésta vez, sería diferente. O eso era lo que habían prometido.
–Suficiente– se dijo con determinación.
Sacó su teléfono celular y consultó la cartelera de cine, iría a ahogar sus penas.
–Algún día tendré un amigo de verdad. Punto.– se dijo.
Y se había convencido. Ahora no tomaría cariño con tanta intensidad, ahora no dejaría que traspasaran su coraza, la siguiente vez, sería lo que quería que viesen, no más.
A partir de ese momento comenzaría de nuevo su vida como si nada hubiese pasado. Sonreiría de nuevo, viviría de nuevo.
Y entonces, lo vio.
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